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Autonomía y Juego

Aquí os dejo la última entrevista que me hicieron desde la plataforma Proyecto Crece, del Diario Montañés, en Cantabria, España.

Entrevista: Natalia Aja, maestra método Montessori Maestra del método Montessori por el instituto Superior María Montessori de París y educadora del programa de Disciplina Positiva para padres y en el aula. Patricia Delgado

Existe un debate bastante extendido sobre que la juventud de las últimas generaciones ha crecido al amparo de padres sobreprotectores que, con el fin de hacer las cosas más fáciles, han terminado creando adultos que no saben enfrentarse a retos, frustraciones… ¿cómo encontrar el equilibrio entre fomentar la autonomía y ofrecer apoyo?

Voy a recurrir a dos lemas del método de enseñanza que nos dejó María Montessori (1870-1952), mi fuente de inspiración preferida en esta materia, para encontrar alguna clave: “Nunca ayudes a un niño mientras está realizando una tarea en la que siente que puede tener éxito”; “cualquier ayuda innecesaria es un obstáculo para el desarrollo”. Si hablamos de edades tempranas, pongamos, los seis primeros años, el mensaje del niño es claro: “Ayúdame a hacerlo por mí mismo”. Hablamos de tareas como vestirse, lavarse, ponerse los zapatos, ayudar con tareas domésticas y, como dice el lema, cualquier tarea en la que el niño sienta que es capaz de hacerlo, de forma imperfecta pero capaz, al fin y al cabo. La Disciplina Positiva, otro método muy complementario del método Montessori, sigue principios también basados en la importancia del fomento de la autonomía. A veces, padres y educadores olvidamos que cualidades para la vida esenciales como la autoestima y confianza en sí mismo se adquieren a través de la experiencia y la superación de obstáculos. El adulto no podrá fomentar la autoestima en el niño por mucho que le diga con palabras cuán capaz es. Uno se siente capaz haciendo con sus manos, pensando por sí mismo, experimentando, cometiendo errores, afrontando obstáculos. Puedo entender el deseo de muchos padres de que sus hijos no sufran o sean “felices”, pero el exceso de ayuda o la ayuda innecesaria a los niños crea debilidad y muestra falta de respeto, ya que el adulto priva al niño de experiencias vitales para su desarrollo. La autonomía, como la autoestima, no se adquiere con palabras, sino a través de la experiencia, la repetición y los errores.

Hoy en día la sociedad avanza muy rápido, no dejamos tiempo para los aprendizajes y los errores, y en relación con la pregunta anterior, ¿esta situación de sobreprotección ha podido generarse como consecuencia de no “poder” esperar a que un niño aprenda a hacer algo y hacerlo en su lugar?

Quizás la sobreprotección provenga del mucho desconocimiento sobre el desarrollo del niño y sobre cuáles son las necesidades que tiene en las diferentes etapas por las que atraviesa. Para conducir un automóvil, está asumido que uno tiene primero que estudiarse una teoría y pasar un examen. No sé si un examen sería necesario, pero a veces me pregunto por qué no se prepara a los futuros padres en esta tarea tan importante. Pero, además, este desconocimiento, que quizás siempre haya existido, se da en un contexto diferente al de otras épocas, y me refiero, claro, a las sociedades occidentales, ya que la sobreprotección la sufren, principalmente, los niños del llamado primer mundo. Si hablamos de España, por ejemplo, los niños éramos antiguamente una figura prácticamente invisible o servíamos de mano de obra a la unidad familiar. La gran mayoría de nuestras madres trabajaban en casa, vivíamos muchos en pueblos y pasábamos mucho tiempo al aire libre (como cuenta el Gran Wyoming en su último libro, ¡De rodillas, Monzón!, procurando no molestar a los mayores). El ritmo de vida actual es completamente diferente. Por un lado, los pueblos se han vaciado y la gran mayoría de los niños vive ahora en ciudades, que ofrecen menos espacios para jugar y están plagadas de todo tipo de presiones, entre ellas el tráfico, como advertía Ken Robinson en una de las entrevistas que concedió con motivo de la campaña, Ensuciarse es bueno. En esa entrevista, le preguntaban también si creía que los niños deberían empezar a jugar sin supervisión, a lo que contestó: “Bueno, como digo, no necesariamente sin supervisión. Sí, sin estructura, eso es importante a veces. Todos nos preocupamos por la seguridad de nuestros hijos, pero también queremos que puedan correr riesgos: caerse, levantarse, rozarse las rodillas, limpiarse el polvillo y seguir adelante. Estas son formas en las que los niños aprenden a ser mucho más resistentes e independientes. Hay un punto en el que sobreproteger a tus hijos se vuelve contraproducente. Es parte de las lecciones de la vida que necesitas descubrir para aprender dónde están los límites y los riesgos que puedes correr y, en la naturaleza, los niños necesitan ensuciarse (…) Se trata de lograr el equilibrio adecuado entre seguridad y exceso de protección.

¿Cómo pueden los padres reaprender a esperar a que sus hijos puedan disfrutar de su tiempo de aprendizaje, sabiendo que romperán cosas, se caerán…? en resumen, ¿saben los padres tolerar la imperfección? Para evitar caer en este tipo de errores, ¿qué pautas o actividades pueden realizar los padres?

Como dicen en yoga, hay que aprender a “soltar”, y a bajar expectativas o, más bien, a saber qué le podemos pedir al niño de acuerdo con su etapa de desarrollo, así como a convivir con la imperfección y no caer en etiquetas rápidamente (mi hijo es torpe, vago, retador…). La observación es esencial para conocer mejor a los niños y evaluar sus necesidades o intereses. Hay que dar tiempo para practicar destrezas, como decía más arriba, permitir que los niños hagan con sus manos, manipulen objetos reales (que se puedan romper), participen activamente en las tareas del hogar, asumiendo responsabilidades (hacer su cama, preparar su mochila, poner la mesa, fregar, limpiar…) y contribuyendo junto con los demás miembros de su familia. Es necesario, al fin, convivir con el error. Como dice Jane Nelsen, fundadora de la Disciplina Positiva, “los errores son oportunidades para aprender”. Es cierto también que los horarios de trabajo interminables de muchos padres, la falta de conciliación familiar o el exceso de actividades extraescolares no dejan mucho tiempo ni espacio para que los niños practiquen habilidades que favorezcan su autonomía (como vestirse, ponerse los zapatos, o ayudar en casa). El día a día de muchos padres consiste en una carrera de obstáculos, con prisas, cansancio, frustración. Al final, es “más fácil, más rápido, más conveniente hacerlo” por los niños. Desgraciadamente, las consecuencias a largo plazo se olvidan con frecuencia. Los niños se pierden valiosas oportunidades que les ayudarán a aprender habilidades para la vida y convertirse en futuros adultos satisfechos.

¿Qué importancia o beneficios tiene para los niños la autonomía?

Absolutamente toda la importancia. Creo que todo el mundo desea ser autónomo en la vida y ese deseo se despierta a una edad muy temprana como decía anteriormente. Un niño autónomo es un niño feliz, seguro de sí mismo, con iniciativa y curiosidad. Creo que los niños y las personas mayores comparten algo en común relacionado con la autonomía y que los hace sumamente vulnerables. Los primeros están en camino hacia la independencia, los segundos están en riesgo de perderla. Ambos se aferran a ella. Creo que es una cuestión de dignidad y de respeto. Padres, educadores, familiares, todos deberíamos fomentar el desarrollo de la autonomía del ser humano o su mantenimiento, siempre que sea posible.

¿Puede ser el juego la vía idónea para desarrollar esta autonomía, en vez de procesos de enseñanza más teóricos?

Me voy a referir a sir Ken Robinson de nuevo: “aprendemos mucho más del mundo que nos rodea de lo que necesariamente hacemos sentados en los escritorios”. La infancia es, por excelencia, la edad del descubrimiento y aunque los juegos se pueden disfrutar toda la vida, –solos, en familia o en grupo– entre los 3 años y la adolescencia, desempeñan un papel primordial en la adquisición de nuestra identidad individual y social. La autonomía se desarrolla a través de la experiencia, de la libertad de movimiento, dejando que los niños practiquen con sus manos y se equivoquen, rectifiquen y puedan pensar por sí mismos. Decía María Montessori que “el niño que tiene libertad y oportunidad de manipular y usar su mano en una forma lógica, con consecuencias y usando elementos reales, desarrolla una fuerte personalidad.”

Sobre todo en la escolarización durante etapa infantil se habla mucho de que los niños solo juegan en clase, ¿es esta una observación corta de miras?, ¿qué papel desempeña el juego en esta etapa del aprendizaje?

Es sabido que los niños aprenden mejor en un contexto lúdico y creo que todos aprendemos mejor lo que nos gusta. A los niños les gusta jugar. Como se explica en la guía para educadores del ministerio de educación peruano: “jugar es una actividad primordial en la vida de un niño. Durante los primeros seis años de vida, se crean en el cerebro del niño millones de conexiones entre sus neuronas que le permiten aprender y desarrollarse. Es la etapa en la que más conexiones se dan. Una de las formas que tiene el niño para que se produzcan estas conexiones es el juego. Mientras más juega un niño, más conexiones neuronales se crean y, por ende, se desarrolla mejor y aprende más. Si un niño no juega se debilita; sus capacidades se atrofian y su personalidad se marchita. Jugar es una necesidad para el desarrollo cerebral del niño, que lo ayuda a aprender y a crecer mejor”.

En contraposición, cuando estos niños llegan a primaria, muchos padres acusan una transición muy poco fluida entre el sistema de aprendizaje de ambos ciclos, ¿necesita el modelo actualizarse? ¿es beneficioso o perjudicial el paso a unas clases más ‘estrictas’ con 6 años?

Siguiendo el diagnóstico de Ken Robinson, así lo resumen los autores Emilio Luque Pulgar y Manuel Torres Núñez en un artículo publicado en 2020: “El sistema educativo está anclado en los fundamentos pedagógicos de hace más de un siglo, con programas cerrados de aplicación general, escasa atención a las excepciones personales del tipo que estas sean, división del tiempo en unidades estancas dedicadas a una única materia, clasificación inapelable de los estudiantes en cohortes de edad, transmisión unidireccional de los contenidos estipulados en los programas por parte de los docentes, ausencia casi absoluta de la aplicación práctica del conocimiento y las habilidades adquiridas en situaciones de la vida real; trabajo de carácter repetitivo, de entrenamiento en el hogar, con la paradoja que conlleva: precisamente cuando los estudiantes se dan cuenta de dónde están sus problemas de comprensión es cuando no tienen apoyo docente; peso menguante o inexistente de las humanidades y de la expresión artística, musical y dramática –tan queridas por Robinson–.” Si estamos de acuerdo con este diagnóstico, la respuesta es sí, el modelo educativo necesita actualizarse.

¿De qué manera afronta el método Montessori el juego como sistema de aprendizaje y como lo va adaptando conforme los niños van creciendo?

El aula infantil Montessori es algo diferente al aula tradicional, pero también se aprende jugando. En la guía que menciono anteriormente se recoge un apartado que resume bastante bien el sistema de aprendizaje Montessori: “el enfoque del método Montessori concibe al niño como un ser que necesita desarrollar la libertad, el orden y la estructura; y debe aprender a trabajar independientemente o en grupo. Debido a que desde una corta edad se motiva a los niños a tomar decisiones, éstos pueden resolver problemas, escoger alternativas apropiadas y manejar bien su tiempo. Ellos son incentivados a intercambiar ideas y a discutir sus trabajos libremente con otros. Sus buenas destrezas comunicativas suavizan el camino en ambientes nuevos. En este método el educador interviene en el proceso educativo como un “guía”, es decir, como un facilitador del aprendizaje. Son los propios alumnos los que a través de la libre exploración del ambiente y el juego construyen su conocimiento, observando y manipulando objetos. El maestro planifica la clase respetando los intereses, las necesidades y el ritmo de aprendizaje de los alumnos dentro de un aula que permite la libertad, la comunicación y estimula el trabajo en grupo. Dada la gran importancia que tuvo el juego, María Montessori ideó un material didáctico compuesto por formas geométricas, palos, lápices, pinturas, juegos de tipo simbólico, entre otros, y propuso un mobiliario adecuado al tamaño de los niños. También resaltó la importancia de la participación de los padres en el proceso educativo de los hijos. Este método también incluye, en su proyecto, el cuidado del cuerpo y del ambiente.


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